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EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA, EL MODELO TAILANDÉS

Por María José López de Arenosa

Estimada señora Celá:

Me dirijo a Ud. tras leer que el gobierno del que forma parte quiere recuperar la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Vaya por delante que no tengo nada en contra de que enseñemos a nuestros escolares cuáles son sus obligaciones y deberes como ciudadanos, cómo funcionan las instituciones dentro del Estado de derecho o por qué han de respetarse.  Loable propósito si no fuera por la tentación adoctrinadora que hay detrás esgrimiendo su supuesta superioridad moral.

Como intuyo que ya están organizando el temario, la invito a considerar el modelo tailandés. Después de la aventura de los niños de la cueva, creo que los españoles  —niños y adultos por igual—  tendríamos mucho que aprender de él.

La primera lección de los niños atrapados en el laberinto de Tham Luang Nang Non  —y que confirma mi teoría sobre las bondades del modelo tailandés—  nos llegó a través del video de los buceadores británicos que los hallaron después de nueve días atrapados. Nada de berrinches histéricos. Ni una queja. Saludaron reverencialmente sonriendo a la cámara con sus manos en posición de rezo.

Segunda lección: fuera recriminaciones. Lejos de caer en el reproche o el chantaje emocional, las familias enviaron al entrenador mensajes de ánimo y apoyo.

Tercera lección: acatamiento de las normas. Los padres aceptaron sin discusión que no se informara de quiénes iban siendo liberados y quienes seguían bajo tierra, así como la prohibición de visitarlos en el hospital hasta que los médicos lo autorizasen.

Lección definitiva: nadie aprovechó la situación límite de un grupo de niños y adolescentes para manifestarse contra el gobierno ni se cuestionó la gestión de un rescate cuyo éxito no estaba asegurado y que pudo tener un desenlace fatal.  No vimos protestas ni pancartas al grito de “¡Nunca más!”, sino duelo y reconocimiento por el buzo de la armada tailandesa fallecido. La manifestación más significativa —si se puede llamar así—, fue la vigilia de los monjes budistas rezando.

Comprendo sus objeciones, señora ministra. Adoptar el modelo tailandés exige un cambio de mentalidad que va más allá de unos temarios y libros para erradicar nuestra cultura acusatoria del “¡y tú más!,” del chivo expiatorio y de la leña al mono.  No solo exige inculcar valores, sino los buenos modales y cortesía propios de una buena crianza.  Quizás don José Guirao, ministro de Cultura, pueda sumarse a la tarea de reeducarnos en civismo con el mismo celo que emplean ustedes en otras causas.  Pero tengan presente que adoptar el modelo tailandés supone aceptar que el error humano existe, que no somos infalibles. No hablo de eludir responsabilidades, sino de aceptar nuestras humanas  limitaciones y de evitar el aprovechamiento de la desgracia ajena para la revancha propia.

En agosto de 2005 el huracán Katrina —el mayor desastre natural registrado hasta entonces en Estados Unidos— arrasó el sur del país causando cerca de dos mil muertos y enormes pérdidas económicas.  Cuando la tormenta se acercaba a Florida, la diputada del PSC Lourdes Muñoz, que estaba de vacaciones en Miami, partió hacia la cuna del jazz, según ella para huir. Resulta insólito que no supiese que la tormenta iba justo hacia allí, ni se enterase de la alarma anunciada por el peligro inminente de  rotura de los diques. La única explicación a su desconocimiento es que la política barcelonesa, de apellido castellano, sea víctima de la inmersión lingüística y en una ciudad donde el español es el idioma más hablado, no encontrase noticieros en catalán, lo que le impidió enterarse de que aquello era una temeridad.

Tras su odisea, que pudo haber terminado en tragedia, la diputada Muñoz se desahogó desbarrando contra el gobierno de Bush y contra los EEUU y su modelo capitalista por su gestión de la catástrofe, así como por las condiciones del refugio que compartió con miles de personas más y del que fue la primera en salir — gracias al ministerio de Asuntos Exteriores— mientras algunos todavía esperaban auxilio en árboles y tejados.   Las egocéntricas soflamas de Laura Muñoz pasaron por alto que se trataba de una situación excepcional de la que miles de damnificados salieron bastante peor parados que ella.

En esta orilla del Atlántico se reúnen estos días las comisiones del Congreso para investigar los accidentes del ALVIA y el avión de Spanair, ocurridos hace cinco y diez años respectivamente. Ojalá sus conclusiones sirvan para evitar futuros accidentes, pero me temo que no son los informes técnicos los que ocupan a sus señorías, sino la cainita expectativa de ver rodar las cabezas de sus adversarios y satisfacer así sus ambiciones electoreras.

Cuando preparen ustedes el temario de Educación para la Ciudadanía no olviden algunas normas básicas de la buena educación, como la de dar las gracias, tan en desuso desde que los manuales de urbanidad desaparecieron de las aulas. Si no pueden contratar como asesor al entrenador de los “Jabalíes salvajes”,  propongo al padre de Ignacio Echeverría, el héroe del monopatín en Londres.  Pese a la inexplicable demora en la identificación del cadáver para su repatriación, no tuvo un solo reproche. Por el contrario: dio las gracias a todos, empezando por las autoridades españolas y británicas. En el primer aniversario del asesinato vuelve a poner muy alto el listón recordando a su hijo: «Si hubiera huido, si no hubiera muerto, él no se lo habría perdonado. Yo estoy contento.»

Como colofón, invite a la apertura de curso al alcalde de Ferrol, ciudad natal de Ignacio Echevarría, a quien vi muy necesitado de unas clases cuando se negó a poner banderas a media asta y a emitir ningún comunicado alegando que “este chico no tenía vinculación con la ciudad.” Sutil manera de decir que no era de los suyos.

¿Le bastan estos ejemplos para respaldar el modelo tailandés o necesita más?

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