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‘FRANCISCO, EL PAPA REFORMADOR’

Libro padre Aradillas

Libro: ‘Francisco, el papa reformador’

Autor: Antonio Aradillas

Editorial: Pigmalión Edypro

Por María José López de Arenosa

Francisco, el papa reformador’ es el último título de la amplia bibliografía de Antonio Aradillas (Segura de León, 1928). A lo largo de más de 80 capítulos, este sacerdote y periodista expone, de forma muy clara y concisa, sus reflexiones sobre los numerosos retos que tiene por delante el papa Francisco para hacer de la Iglesia católica una comunidad más fiel a sus orígenes, más inclusiva, más ecuménica y cercana, así como algunas de las batallas que ya está librando.

No se deja el padre Aradillas ningún tema en el tintero a la hora de abordar los problemas de la Iglesia en la que, como en toda comunidad, tienen su espacio todas las flaquezas que distinguen al género humano y a las que, en este caso particular, hay que sumar doctrinas, hábitos y tradiciones incorporados a lo largo de dos mil años.

La escasa presencia juvenil en las misas, el papel de la mujer, la comunión de los divorciados, los tribunales eclesiásticos, el celibato sacerdotal, la infalibilidad del papa, el ecumenismo y acercamiento a otras religiones y, sobre todo, el amor y la misericordia como motor de la Iglesia y eje de lo que debe ser un buen cristiano, son algunas de las cuentas de este largo rosario de retos que expone el padre Aradillas, algunas de las cuales ya está desgranando el papa Francisco a través de sus reformas.

Formación

Tras su ingreso en el Seminario diocesano de Badajoz, Antonio Aradillas estudió en las universidades pontificias de Salamanca y de Comillas en Madrid, obteniendo la licenciatura en Teología y después el doctorado. Más tarde estudió en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid, obteniendo el título correspondiente. Sus primeros pasos pastorales se iniciaron en Badajoz, compaginándolos con su labor periodística en el periódico ‘Hoy’ y con su labor social en temas como la promoción de vivienda para los más desfavorecidos. El periódico ‘Arriba’, ‘Pueblo’, la Cadena SER, Radio Nacional, ‘El Imparcial’, la revista ‘Defensa del Consumidor’… son sólo algunos de los medios que han contado con su pluma y su voz. Es, además, autor de más de ochenta libros de variada temática.

Defensa de la mujer

Como adelantado al tiempo que le tocó vivir, podría decirse de él que ha sido feminista cuando prácticamente nadie en España ―empezando por las propias mujeres― alzó su voz para denunciar la discriminación femenina. Ya a principios de los años sesenta, siendo Consiliario Nacional de las Mujeres de Acción Católica, defendía la importancia de la formación académica de la mujer como algo indispensable para su plena participación en la vida política y su desarrollo profesional y personal más allá del ámbito familiar. Ha sido un precursor en la defensa de los derechos de las mujeres clamando contra los malos tratos –no sólo físicos– dentro del matrimonio.

Tirando de hemeroteca encontré declaraciones de aquel cura joven que hoy día no llamarían la atención, pero que en su momento resultaban revolucionarias: «no se cumple la ley: a trabajo y a rendimiento igual, igual salario para hombres y mujeres. Se buscan oportunidades de discriminación para acrecentar el sueldo o los emolumentos totales del hombre y no los de la mujer.»  Denunció también la falta de preparación de la mujer para intervenir en política y las puertas que se le cerraban para su participación en ella.  «Los horarios laborales actuales dificultan la vida familiar,» sentenció en una entrevista publicada en el periódico Hoy de Badajoz, en 1964,  en relación al trabajo fuera del hogar de la mujer casada.  No se mordía tampoco la lengua para reivindicar una participación más activa de la mujer en la Iglesia o exponer cuál debería ser su papel tras el Concilio Vaticano II.  «Falta –decía entonces– una pastoral que valore su justa dimensión de la mujer por mujer [ …]. Excesiva tutela por parte de los hombres en las obras apostólicas, concediéndose un trato que estimamos es muy proteccionista e inutilizador. Echamos de menos la falta de una mujer en no pocos organismos de dirección de la misma Acción Católica.»

En el plano religioso, el padre Aradillas ha reclamado siempre una Iglesia más fiel al Evangelio y a las enseñanzas de Jesús y menos preocupada por el rito y por su poder social y político, –como la que ahora predica el papa Francisco– lo que le ha supuesto no pocos encontronazos con la jerarquía.

Reformar para evangelizar

Esta larga introducción ilustra su espíritu inconformista y valiente y su lucidez intelectual. Volviendo al tema que nos ocupa, en su libro, ‘Francisco, el papa reformador’, Antonio Aradillas plantea la necesidad perentoria de reformar la Iglesia para asegurar la continuidad de su labor pastoral y evangelizadora poniendo el dedo en la llaga sobre los pecados que la atenazan.

La religiosidad –sostiene–  no debe identificarse con el culto ni con la liturgia ni, mucho menos, con el episcopado y el colegio cardenalicio. Tampoco con las procesiones y las representaciones más o menos folclóricas presididas por autoridades; sino con el amor, la misericordia y la humildad que debe regir la vida de todos los fieles. “A nuestras misas ―dice en su libro― les sobran liturgias, adoraciones, veneraciones, apoteosis e idolatrías, ocultismos, jerarquismo y representaciones de las fuerzas vivas de la localidad o localidades. A nuestras misas les falta el pueblo, en creciente y lamentable proporción. Les faltan el pan y el vino. Y la alegría”.

Pese a que visualiza un esperanzador rayo de luz en las reformas del “bendito papa Francisco”, como lo llama, el panorama que presenta en su libro ‘Francisco, el papa reformador’, es doloroso y poco halagüeño para la jerarquía católica. He echado en falta el contrapeso de las virtudes de la Iglesia reflejadas en la labor social y pastoral que, tanto las órdenes religiosas como los seglares, llevan a cabo en todo el mundo; pero eso sería tema para otro libro, puesto que este va de las reformas que hay que hacer y de las heridas que hay que curar.

La Iglesia ha de ser universal y un espacio en el que todos los católicos nos sintamos acogidos, incluyendo –¡faltaría más!– las voces discrepantes que, como la de Aradillas, pueden resultar incómodas, pero son necesarias. Todos los bautizados somos parte de ella. Y como cristianos, –católicos, ortodoxos, coptos, protestantes…― hemos de poner en práctica el mandamiento más importante de Jesús: “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado.»  Algo que se nos olvida casi siempre pero, como nos dice San Pablo en su primera carta a los corintios: «Si no tengo amor, no soy nada”.

Se puede estar o no de acuerdo con su visión de lo que debe ser la Iglesia, pero nadie podrá acusar a Antonio Aradillas de ser un oportunista que se posiciona de cara a los cambios sociales o a los nuevos vientos “franciscanos” que soplan en la institución más antigua del mundo. Por el contrario, más de cinco décadas avalan su trayectoria alzando su voz alta y clara para denunciar lo que le parece conveniente.

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