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LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO

fanatismo-yihadista

Por Antonio Regalado

Un año después de que Abu Bark al-Baghdadi proclamara el Estado islámico (IS) en el corazón de Alepo, sus poderes se asientan sobre un territorio de 200.000 kilómetros cuadrados y sus fronteras se pierden entre Irán, Irak -están a apenas 120 kilómetros de Bagdad-, Kurdistán, Turquía, Libia y la propia Siria invadida. El califato extiende su influencia a Yemen, Nigeria, Sudán, Mauritania, Chad, amenaza a Egipto y a los gobiernos de las primaveras árabes. Objetivo; conquistar Europa y destrozar nuestro sistema de vida.

Dos millones y medio de refugiados en Turquía, otro millón en Jordania, más de seiscientos mil desplazados sin rumbo y casi medio millón de inmigrantes en Grecia, Malta, Chipre e Italia confirman que el yihadismo ha emprendido la guerra del fin del mundo. Y no está dispuesto a perderla.

Sobre yihadismo hablaron en el Parador de Toledo veinticuatro expertos durante quince horas, convocados por la Asociación de Periodistas Europeos (APE) que lideran Diego Carcedo y Miguel Ángel Aguilar,  dentro del seminario internacional de Defensa y Seguridad, que clausuró el ministro  Pedro Morenés. “Hay que impedir que el terrorismo nos imponga su ley”, dijo, a la vez que  se mostraba preocupado por una confidencia que un colega le acababa de hacer horas antes en el Golfo Pérsico: “mientras un africano prefiera ahogarse en el Mediterráneo que vivir en África, la situación resulta perversa”.

Problema global

El  yihadismo va más allá de una guerra (interminable); es terror en estado puro. La batalla es de opinión y de comunicación. Las redes sociales están siendo decisivas para la captación de adeptos, el adiestramiento y la financiación. No está muy claro el origen del conflicto, la enconada lucha entre los suníes y los chiíes, un odio que dura ya tres siglos y medio. Lo que sí está claro es que todo comienza a moverse tras los desafíos de Al Quaeda. Ahora, el IS (estado islámico) rebautizado en Europa comoDaesh para romper por la mitad el vocablo Estado y la dimensión islamista- existen 1.200 millones de musulmanes y solo son 90.000 los combatientes-, se rige por sus propias leyes medievales y amenaza no solo a los musulmanes si no a Occidente. Exige obediencia ciega al califato y su absorción de los discípulos de Bin Laden está cercana.

Cada macabra acción (degollamientos, crucifixiones, amputaciones, piras humanas, violaciones) es celebrada como un éxito. Extender el terror en todas direcciones y crear inseguridad es toda la filosofía de estos asesinos que matan en nombre de Alá. La batalla militar no va a ser suficiente.  La victoria solo puede venir de una inversión en generosidad, de la cooperación, de las inversiones y de mejorar las condiciones de vida en todo el área y en el continente africano. La derrota de estos integristas solo puede llegar por la colaboración entre americanos, europeos y los países moderados de Oriente Medio, muchos de ellos, enemigos acérrimos entre si.

Financiación

El IS es una máquina de muerte alentada desde la intocable Arabia Saudí que es quien financia las madrasas (escuelas coránicas) y las mezquitas más radicales del sunismo salafista en el mundo entero. Bajo los auspicios del wahabismo se gestaron los barbarismos más terribles desde los talibán en Afganistán a Al Qaeda  en Pakistan pasando por el temible  Boko Haram en Nigeria o Nasser al Wuhayshi, recientemente  asesinado en Yemen por un dron estadounidense. El wahabismo defiende el asesinato de masas contra los infieles –que somos todos menos ellos-, las mutilaciones, la violencia en todos sus géneros y la destrucción de imágenes, monumentos o templos que “provoquen” una desviación del culto al Corán integrista. Y todo ello, regado con dinero en abundancia de Arabia Saudita a todas las franquicias del mal. El IS se mantiene, además, al confiscar todo tipo de propiedades allí donde se implanta mediante el robo, la extorsión, el secuestro de occidentales,  el tráfico de drogas, de armas y la trata de personas desde el Sahel hasta los inmigrantes que llegan desesperadamente a las costas de Europa. ¿Por qué no se denuncia en ningún foro internacional el papel destacado de Arabia Saudita y de otros Emiratos del Golfo? Porque tienen la llave de la energía. Y apoyados en un férreo control policial,  en el clero oficialista y en el petróleo, siguen siendo los “tradicionales aliados” occidentales.

El ciclo yihadista

La primera certeza aprendida en el  seminario es romper la creencia de que los lobos solitarios actúan por su cuenta. Todos los terroristas están interrelacionado con otros terroristas o con imanes que viven en Europa  y Estados Unidos, que son quienes cobijan, alientan y excitan a estas células durmientes que están siempre dispuestas agolpear al enemigo a  cualquier  hora  y en cualquier lugar. El ciclo  es sencillo: la extracción de los futuros  radicales  se hace entre la juventud no integrada, en ambientes de marginación, casi siempre son hijos de familias desestructuradas y a los que en las mezquitas les han incitado al odio. No tengo padre, no tengo reglas”, resume su filosofía de vida y muerte.”Hacer la yihad” es un procedimiento reglado. Conectan a través de las redes sociales, aceptan el compromiso de viajar a Siria, Libia,  Yemen o Afganistán y allí reciben la teórica y la práctica. El reclutamiento dura entre cuatro y seis meses. La promesa de recibir entre 1.200 euros al mes para los occidentales -y 300 euros para los musulmanes de países árabes- es un atracción fatal incluso para las mujeres. Con un presupuesto de unos 500.millones de dólares mensuales, el Daesh  convence a combatientes  en todo el mundo. Unos 30.000 miembros son europeos, americanos, australianos y canadienses. De estos, varias decenas son españoles. Y más de 300 están detenidos en las cárceles. Los expertos aseguran que la mitad de los yihadistas no vuelven porque no soportan el entrenamiento o porque perecen en enfrentamientos con las tropas sirias, kurdas o iraquíes. Los que regresan saben que su misión es estar disponibles y silentes para cometer atentados, bien señalados por sus  superiores o a iniciativa propia si se presta la ocasión para cometer una masacre. Solo un 15 por 100 de los yihadistas que regresan son conversos. Incluso se ha dado el caso de algún judío.  La erótica de las armas, de los explosivos y el orgullo de haber hecho la yihad mantienen a estos lobos solitarios dispuestos para la muerte y la masacre.  Cuantas más víctimas, mejor. Y si son católicos, -y por tanto infieles- mejor todavía. Sociológicamente, los radicales no responden a ningún perfil determinado. Si acaso tienen en común la desesperación.

Territorio y repoblación

El Daesh (Estado Islámico) basa su fuerza en un control absoluto e inhumano  sobre las personas y en especial sobre las mujeres a las que se les trata peor que a esclavas. El territorio les da poder y las mujeres solo sirven para la repoblación. Son el elemento imprescindible. Las violaciones sistemáticas forman parte del terror interno al que se somete a todos los combatientes para conseguir el objetivo. Un territorio, un califato y unos nuevos seguidores fanáticos del profeta. El rapto de jóvenes mujeres no es el signo distintivo de Boko Haram. Hoy es el método adoptado también por el IS.

España –la antigua Ándalus- es un objetivo prioritario de la reconquista para los seguidores del califa Baghdadi. El director del CNI  Félix Sanz Roldán, afirmaba en este Seminario que todos los yihadistas españoles que han regresado están bajo control de la Policía.  “Esto es terrorismo”, subrayaba, “no una guerra”. Y el centro de gravedad ha pasado de Afganistán a Siria. Está a las puertas de casa.

Aprendimos en estas jornadas que a los talibanes nadie les vio venir pero la guerra de Siria nos ha abierto los ojos. Mientras las ruinas de Palmira penden  de un hilo, la tolerancia de nuestra democracia les permite construir miles de mezquitas en la UE (En España hay más de 1,500, una tercera parte de ellas levantadas de forma ilegal) y es allí donde se incuba el odio en el corazón de estos desalmados. Arabia y Qatar son los países que financian estas sedes. Y su intransigencia es tan desmesurada que Riad ha pedido a Suiza que elimine la cruz blanca de su bandera. Hasta el Papa Francisco ha condenado “el terrorismo del IS” que se ensancha cada 100 kilómetros cada día en el corazón de Oriente Medio.

El próximo día 29, festividad de San Pedro y San Pablo, se “celebrara” el Día Internacional del Daesh. La portada de su revista oficial Daviq lo dice todo; una foto de la Plaza de San Pedro en el Vaticano, en la que en el monolito central ondea la bandera del IS. No van a pararse ante nadie. Roma, la Iglesia católica es, quizás, el enemigo principal.

El nemigo público número 1

La diplomacia religiosa no parece suficiente para acabar con el Daesh. Hay que “ahorquillar el tiro”, como dijo el almirante Juan Francisco Martínez Núñez, director general de Política de Defensa, es decir, dialogar con todos los países implicados y entender que nuestra libertad, no es la suya, que los valores occidentales no pueden imponerse por la fuerza y que el respeto –respetar y ser respetado- son los  ingredientes de la nueva colaboración. La experiencia de las FFAA españolas en el Sahel le está otorgando un nuevo estatus de interlocutor especial con todas las partes y en todos los foros.

El IS pretende extender su proyecto fanático por el mundo. Es una guerra santa de la crueldad. El 11-S en Nueva York, el 11-M en Madrid, el 7J en Londres o los atentados de principios de año en París confirman que el enemigo público número 1 tiene nombre: el Daesh que no tiene estado ni es califato pero que ha ganado la primera batalla: la de la palabra y la de las redes sociales. Ha llegado hasta el salón de nuestras casas para amenazarnos con su extensión del miedo, de la radicalidad y de la propaganda. Saben que nuestras leyes son insuficientes y nuestra contra argumentación escasa. Debemos neutralizar ese odio africano que viene de la época romana y que se aviva con la colonización. Necesitamos un antivirus para neutralizar esta enfermedad religiosa que a todos nos afecta.  Por cada occidental que es ejecutado, mueren en esta sanguinaria guerra 99 musulmanes. Las víctimas de este primer año de califato superan ya las 20.000.

Lucha común

Si admitimos que el problema es global, -una amenaza para la civilización occidental y oriental-, tenemos que admitir que las soluciones deben ser globales Naciones Unidas, OTAN, UE, los países árabes y las instituciones africanas deben unir fuerzas para luchar juntos y en la misma dirección. No hay una estrategia conjunta y sin llevar militares (a tierra) no se podrá acabar con estos terroristas. Porque esta no es una guerra convencional. Y los militares saben muy bien que nunca un ejército ha vencido al terrorismo. La crisis libia y la del Sahel complican  sobremanera la solución definitiva porque las mafias se han instalado en el corazón de esos estados fallidos y están intentando desestabilizar a la UE con desplazados políticos entre los que se incluyen yihadistas peligrosos.  La falta de combatividad de las Fuerzas armadas de países como Irak y la división entre suníes, chiíes y otras etnias islámicas impiden una estrategia de defensa común. Estamos ante el mayor desafío que tiene la UE y Estados Unidos, un desafío cuya herramienta principal es  el miedo –hacernos vivir en la inseguridad- y de una crueldad sin precedentes.

Estamos pagando los errores de las invasiones de Irak y Libia. La fuerza no es suficiente para aniquilar el terrorismo salafista. La fe del IS es su arma más poderosa. La alianza contra el terrorismo debe librarse sin fisuras; precisamos  dar la batalla de las ideas y de los principios,  una narrativa que contrarreste su poder mediático y acentuar  el desarrollo social. En esta guerra del fin del mundo hay que impedir que el terrorismo imponga su ley empezando por Internet. Tenemos detectado el problema más grave de nuestro tiempo, un terrorismo  tecnológico y dogmático. Los espías cumplen hoy una labor prioritaria. La cooperación internacional  en esta materia está conectada. Tenemos que impedir a toda costa que la gestión de la brutalidad no paralice nuestra determinación en la victoria. Solo hay un camino para mantener una sociedad libre; tener al público informado. Para ganar esta guerra todos los demócratas  nos necesitamos. Aquí no sobra nadie.

 

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