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LA SENDA DEL FRACASO Y UN NUEVO CAMINO

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, en una rueda de prensa posterior a la reunión semanal del Consejo de la Xunta de Galicia // FOTO: Xunta de Galicia

Por Gabriel Elorriaga F.

En Santiago de Compostela, donde concurren todos los caminos de Europa, Alberto Núñez Feijóo ha solicitado a la Junta Directiva Regional del Partido Popular de Galicia la autorización para presentarse al próximo Congreso Extraordinario Nacional del PP como candidato a la Presidencia Nacional de dicho partido que es como decir aspirante al Gobierno de España. Esta decisión cauteriza la crisis de conducta y de estrategia que provocó que el PP dejase de estar “a la altura de las circunstancias” como alternativa de Gobierno que se necesitaba en tiempos difíciles, tras la expulsión del poder por una moción de censura apoyada por la mayoría del Congreso de los Diputados. En la urgente necesidad de sustituir a la dirección que era reflejo del Gobierno censurado que se mostraba incapaz de una solución descontaminante y perdido en una ridícula contienda entre Sorayas y Cospedales que significaban la continuidad con las mismas tachas del Gobierno censurado, justa o injustamente, que este es otro asunto pasado. Al Congreso extraordinario de 2018 para afrontar aquella situación se presentó un joven Pablo Casado que compuso su equipo con el también joven Teodoro García Egea, con buena voluntad, inexperiencia política y sin haber pisado nunca una Administración del Estado, que tuvieron a su favor los deseos de renovación y limpieza que a veces se cree que se cumplen fácilmente con menos años y más pelo. Una elección estatutariamente correcta y legítima que se supuso que inspiraría ganas de triunfo con la recuperación de toda la potencia ascensional de una fuerza electoral ocasionalmente deprimida.

El partido y su base electoral de siempre los aceptaron benévolamente con la esperanza de que las contradicciones del llamado “bloque de investidura” de Pedro Sánchez, amasado con elementos incompatibles con la unidad de España y la democracia occidental, desestabilizarían por sí mismos la composición y actuación del que se calificó como gobierno Frankenstein, de tal manera que Pablo Casado se convertiría con el paso del tiempo en la alternativa inevitable de Gobierno. Era un sueño infantil, ingenuo y cómodo que no contaba con que la política es un arte difícil y esforzado que discurre entre imponderables internos y externos, catástrofes, pandemias, guerras, conflictos sociales, traiciones y sorpresas. Lo que es sencillo no es política. Las intrigas en el interior de los pardos no son métodos suficientes para movilizar a los millones de lectores que exigen un triunfo. Los pueblos necesitan políticos probados y curtidos, aunque a veces parezcan detestarlos y, cuando los encuentran, procuran conservarlos aunque haya que ir a buscarlos, como a los percebes, aferrados a las rocas batidas de Galicia. Buena cantera de atlantismo. Porque para la gestión política no sirve cualquiera.

El tiempo en la oposición se hace muy largo cuando no hay síntomas de crecimiento. Los problemas empezaron cuando la opinión favorable al Partido Popular percibió que aquella oposición no iba viento en popa y las hipótesis de que se llegaría a gobernar en solitario con una mayoría absoluta o mayor a lo que pudiera conchabar Sánchez en todas las escombreras del comunismo y el separatismo era un cuento de hadas. Aquellos nuevos dirigentes se conformaban con mantenerse en la cúpula de su partido por el procedimiento de descartar a cualquier persona de más edad, mayor competencia profesional o más carisma popular que pudiera discutir su protagonismo exclusivo. Los electores no crecían o tendían a disminuir y las caras de Casado y Egea se iban acartonando prematuramente como dos muñecos inexpresivos que repetían mensajes insulsos y no transmitían otra estrategia que esperar que el paso del tiempo dañase más a Sánchez que a ellos. Los compañeros lo soportaban pacientemente pero los electores se desplazaban hacia corrientes más centristas o más radicales, según sus gustos. Se estancaron tras las mamparas de Génova como su fuese un castillo invencible, forzando cambios en los distintos ámbitos regionales, provinciales y locales, eliminando a quienes consideraban competidores y haciendo del “casadismo” una secta contemplativa extasiada ante la falsa creencia de que el “sanchismo” caería por sus propios errores sin necesidad del empuje de una oposición más atractiva y competente.

Un día cambiaron las cosas, cuando una presidenta de la Comunidad de Madrid adelantó unas elecciones, se liberó de un acuerdo con el voluble y desfallecido CS y se enfrentó contra toda la izquierda socialista, comunista y particularista, venciendo a todos y expulsando de la política activa al vicepresidente primero del Gobierno Pablo Iglesiasque había descendido de la cumbre para desestabilizarla ganando lo que no era capaz de ganar el PSOE. El triunfo de Ayuso trascendió más allá de Madrid y dio optimismo y esperanza al PP en toda España y despertó a grandes sectores de la opinión pública que permanecían en la resignación y el escepticismo. Lo incongruente es que este triunfo le cayó mal a la dirección nacional sin otra explicación que un ataque de celos originado por el cálculo vil de que aquél éxito podría hacer brillar a Isabel Díaz Ayuso más que ellos, aunque ella afirmase que su único objetivo era Madrid y la natural presidencia regional del partido. El congreso para la elección del partido regional se fue retrasando a toda costa, se complicó al alcalde con una portavocía nacional, se presionaron a otras regiones a que adelantasen elecciones para que se comprobase que sus éxitos eran consecuencias de una tendencia general y no mérito de Ayuso. Estas maniobras cicateras captadas por la opinión y los medios informativos, dejaron al tándem Casado-Egea con un índice de impopularidad que acabó con el escaso margen de confianza que mantenían por inercia. La tormenta estalló cuando, ofuscados por los celos, toleraron una trama como de tragedia de Shakespeare en la que García Egea, con la faz hosca y sombría de Yago, se empeñó en convertir a Casado en un Otelo pálido capaz de asesinar a Desdémona-Isabel por falsas sospechas. Quisieron destruir a Ayuso aunque no obtuviesen otro beneficio que prolongar la vida de Pedro Sánchez. Esperaron que una fiscalía presionada por el Gobierno prolongase un expediente sin base jurídica y los escasos partidarios que les quedaban se escandalizaron y los abandonaron. Por ello fue amargo este fracaso agónico que se ha cortado con la decisión de Alberto Núñez Feijóo de presentar su candidatura a la presidencia del partido.

Un Casado inconsciente de sus errores repetía: “Yo no he hecho nada malo” pero había firmado su propio certificado de defunción desde el momento que inició o dejó iniciarse las maniobras contra la ilusión de su propio partido. Van a tener, por el respeto reglamentario de Feijóo, un final correctamente estatutario, de congreso extraordinario a congreso extraordinario, que no merecían ni recibir los fríos aplausos protocolarios que se ofrecen “corpore in sepulto” a las cajas de los muertos que no pueden oírlos para consuelo de sus familiares y amigos. Un fracaso anunciado y deseado en las propias filas de su partido. La crisis fue providencial para la recuperación de las expectativas del partido. En el discurso de Feijóo en Santiago ya sonaban los clarines de la victoria política previsible de un amplio partido constitucional rescatado del purgatorio de las reyertas internas. Se abría un nuevo camino a la búsqueda de la mayoría natural que predicaba Fraga para desplazar al peor Gobierno de nuestra historia. Era urgente restablecer la paz dentro de casa. Para dramas auténticos ya tenemos la guerra en Ucrania.

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