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LOS ALBORES DEL ESTADO DEL BIENESTAR

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Título: Canalejas  o el liberalismo social

Autor: Gabriel Elorriaga Fernández

Edita: Servicio de Publicaciones del Congreso de los Diputados. Biografías de Parlamentarios. 750 páginas. Madrid, 2014 

Por ANTONIO REGALADO

No he venido al Poder para hacer regalos, sino para imponerme e imponer sacrificios a los míos. El que lo quiera así, que me siga”. Estas palabras condensan la trayectoria de un  presidente del Gobierno de la Nación que solo aspiraba a serlo de todos en una de las épocas más convulsas de nuestra historia. Habían pasado unas horas desde su toma de posesión y en el Ejecutivo que presentó al Rey figuraban algunos de sus enemigos de la víspera. En sus dos años y medio de mandato desfilaron por el banco azul liberales de todos los matices pero ningún canalejista. El  mandato de don José Canalejas fue un tiempo de esperanza para las reformas que un pistolero desalmado de cuyo nombre no quiero acordarme truncó el 12 de noviembre de 2012 en la Puerta del Sol de Madrid. Mil días que intentaron cambiar España, reformar nuestro país para encarar el siglo XX, dejando atrás el desagarro y el pesimismo de la pérdida de las colonias, la Semana Trágica de Barcelona y la sangría de las guerras en el Norte de África. El propio rey Alfonso XIII encabezó el cortejo fúnebre que salió del Congreso hasta su última morada en el Panteón de los Hombres Ilustres de la madrileña calle de Juan Gayarre, 3.

¿Qué decir de un hombre que tras su magnicidio  el 12 de noviembre de 2012,  el pueblo le lloró desconsoladamente y que dejó en la memoria colectiva esta frase de esperanza: “ha muerto un político honrado”?

Podemos decir, para empezar, que estamos ante un político integral, un liberal servidor del Estado que se adelantó a lo que hoy llamamos el Estado del Bienestar en los albores del pasado siglo. El liberalismo con rostro humano,  el liberalismo social, el nuevo liberalismo que intentó recoger ideas del socialismo que tanta influencia tendría en el futuro.  Estamos, además, ante un gran jurista, un excelente orador y un gran periodista-escritor. Y un gran bailarín. Canalejas había nacido en El Ferrol (La Coruña) en el 31 de julio de 1854. Se casó dos veces y dejó cuatro huérfanos.  El primer estadista que enlazó las orillas de los siglos XIX y XX.

Sobradamente preparado

El padre de Canalejas, ingeniero naval, gozaba de una posición desahogada y el retraimiento de su hijo –gustaba más de leer que de jugar en la calle- propiciaron que el joven se aplicase a los idiomas –con doce años tradujo del francés al español El Jóven Emigrado–  y comenzó a escribir en los periódicos gallegos. Estudió Derecho y Filosofía y Letras. Se doctoró en esta última disciplina con los máximos honores y  con  apenas 20 años opositó a cátedra frente a don Marcelino Menéndez y Pelayo. Perdió, admitió que el contrincante estaba mejor preparado e inició con él una amistad  basada en el respeto y la admiración mutuos. También trabó amistad con don Santiago   Ramón y Cajal a quien alentó y avaló para que aceptara ser senador real, escaño que mantuvo entre 1908 y 1923.

Sus compañeros de la cátedra de Principios Generales de Literatura se mofaban de Canalejas diciendo. “Para qué quiere una cátedra si terminará siendo ministro”. La enseñanza universitaria fue una de sus pasiones que compaginó con sus actividades profesionales, pero esta vez, como directivo de la empresa de Ferrocarriles donde su padre ejercía como  director general. Trabajó en el proyecto de la línea férrea Madrid-Ciudad Real. Era un hombre de éxito profesional y social pues, gracias a los contactos familiares, pudo conocer a todos los personajes de su tiempo: Cánovas, Sagasta, Maura, Romanones, Dato, Cristino Martos… Por tanto, ceder a la tentación política era cuestión de tiempo tras su éxito como abogado, periodista, conferenciante y polemista en los círculos más selectos de la capital del Reino. El joven Pepito, como vaticinó Martos, terminaría siendo don José.

Aunque su filiación tiene raíces republicanas, el liberalismo –y en especial el liberalismo social- es su seña de identidad. Tanta, que no quiere trepar en los partidos clásicos de la Restauración y declina las invitaciones de Sagasta para sucederle. Canalejas  quiere ser un político sin ataduras. Y esa independencia le cuesta abrirse camino en la España difícil del final de la Restauración. Ocupará los ministerios de Fomento, Gracia y Justicia, Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas en gobiernos presididos por don Práxedes Mateo Sagasta. Y presidió el Congreso de los Diputados siendo presidentes del Consejo de Ministros Segismundo Moret –su jefe político-, José López DomínguezAntonio Aguilar y Correa Antonio Maura.

Esta versatilidad de un político transversal confirma que era un hombre admirado y respetado por todo el arco parlamentario. En aquellos tiempos  de cambio de centuria, con la calle ardiendo y el socialismo extendiendo sus tentáculos, solo se sobrevivía cuando los principios se defendían con convicción dentro y fuera del hemiciclo, en la oposición o en el gobierno. “Nosotros no somos aquellos que cuando les toca no gobernar impiden que los demás gobiernen”, declaraba tras abandonar su primer destino en el banco azul.

El liberalismo social

José Canalejas había sido educado en una disciplina familiar estricta donde el premio  del esfuerzo era la  adquisición de  conocimientos multidisciplinares. De ahí su formación amplia,  capaz  para entender y explicar todas las situaciones con palabras sencillas.  Canalejas comprendió que el mundo rural agonizaba y que la industrialización y los habitantes de las ciudades serían los protagonistas del nuevo futuro. Fue el primer político en entender que los derechos del trabajo debían encauzarse y pactarse entre trabajadores y patronos; que había que encauzar las huelgas salvajes en los ferrocarriles; que  era el momento de una protección social para viudas y huérfanos, que había llegado la hora de exonerar a la mujer del trabajo nocturno. Por ello, diseño un Instituto para las Reformas sociales, embrión el futuro ministerio de Trabajo y del Instituto Nacional de Previsión que puso en marcha Eduardo Dato en 1921. ¿Y a quien le ofreció diez años antes la gestión de ese Instituto? Ni más ni menos que al diputado socialista español, Pablo Iglesias. “Nosotros somos paisanos”–le dijo- “y mis ideas liberales y el contenido  social de su programa deben confluir para ayudar a los más necesitados. El fundador del PSOE y de la UGT, se negó a colaborar en el embrión de nuestra Seguridad Social. Hombre de mano tendida, fue también el primero que recriminó duramente a Pablo Iglesias cuando éste amenazó a Maura en el hemiciclo –“antes de que acceda al poder debemos llegar hasta el atentado personal”. Canalejas pidió la palabra al conde de Romanones, presidente del Congreso y exigió una rectificación. “El Parlamento español jamás asistió a nada semejante, a amenazar a nadie con loa comisión de un delito, de un delito castigado en el Código, de un delito que repulga la conciencia y el honor”. No consiguió que el diputado socialista rectificara pero Canalejas multiplicó su crédito en la Cámara Baja como político valiente y comprometido.

Canalejas legisló sobre el contrato de aprendizaje, los tribunales industriales, la reducción de horario para los mineros,  la ley de la Silla, que obligaba a las empresas a dar asiento a las mujeres, las oficinas de colocación, la seguridad e higiene en el trabajo, las cooperativas de cooperación y consumo (Cajas Rurales), tutela a la emigración, contratos de trabajo…  El 14 de febrero de 1912 firmó una ley concediendo un crédito extraordinario de 200.000 pesetas para atender al socorro de las familias pobres que hubieran sufrido perjuicios por las últimas inundaciones.

En resumen, Canalejas en estado puro  o el liberalismo social, toda una filosofía de encauzar las nuevas relaciones socio- laborales. Esbozó también una reforma agraria y afianzó los derechos de propiedad en el campo profundizando en lo que hoy llamaríamos la seguridad jurídica y el Estado de Derecho. Un hombre sin duda que vislumbraba un horizonte solidario y esperanzador no lejano.

Las visiones de Canalejas

Le herida sangrante de la muerte de su primera esposa Marie Saint-Aubin le llevó a Cuba para comprender el problema de la imposibilidad de seguir manteniendo un imperio caduco.. Cuando comprobó en Estados Unidos y en la propia isla caribeña el potencial de los nuevos buques norteamericanos, escribió al ministro de la Guerra y al presidente Sagasta para que desistieran de seguir con aquella matanza. No murió de milagro en el frente pero a su llegada, sus informes cayeron en el olvido. Fue acusado de traidor por no creer en la victoria. De su boca no salió  ni una palabra desleal para con el gobierno progresista. El tiempo le dio la razón y ello aceleró su ambición de acceder a la presidencia del Consejo de Ministros para cambiar las cosas, para reformar la España desgarrada.

Acometió el problema marroquí. Dos días después de su asesinato Garcia Prieto, su ministro de Estado,  firmaba el Tratado de Algeciras que ponía fin, provisionalmente, a tantos años de sufrimiento. Canalejas, reformó el Ejercito, moduló los ascensos e implantó el servicio militar obligatorio. Sensible ante las aspiraciones regionales puso en marcha la ley de Mancomunidades (de especial trascendencia en Cataluña) y la de Cabildos para superar la singularidad insular de Canarias. Y algo que no puede pasar desapercibido. A pesar de la violencia callejera, Canalejas abogó por abolir la pena de muerte. Y eso lo preconizaba  tras los atentados de Cánovas y de Maura. El odio no distinguía, como ahora,  de ideologías.

Los tres políticos  desarrollaban y practicaban un programa democrático cuyo denominador común pasaba por el principio de autoridad, la defensa del orden, de la sociedad…y el acceso a la educación. Por ello, los tres,  fueron el blanco del odio anarquista.

Pero la gran aportación de José Canalejas a la estabilidad nacional fue su apuesta  por la “soberanía del Estado” cuidando siempre que se reforzaran las instituciones, empezando por la Monarquía. La separación de la Iglesia y el Estado le valió duras críticas de sus adversarios políticos, que le llamaron masón y perro judío.  Se limitó a proponer tolerancia para la libertad religiosa a la vez que auspiciaba el Congreso Eucarístico de Madrid. Como periodista se mostró siempre en contra de la censura, censura que él mismo sufrió en periódicos afines cuando se negaron a publicar sus documentos sobre Cuba. Quizás una de sus posiciones más firmes defendiendo la unidad de la Patria,  la mantuvo frente los nacionalistas catalanes cuando aseguró en sede parlamentaria en un debate al respecto: “mientras yo ejerza influencia directa o pasiva en la política española no consentiré que el cuerpo docente deje de inculcar en sus alumnos el amor a España y quienes así no lo quieran no podrán ejercer la enseñanza oficial”.

José Canalejas fue un sembrador que creyó en el europeísmo (ya era un visionario). Tenía la bondad y un alma de  niño en el ámbito familiar y para sus relaciones políticas el espíritu de un Borgia. Pero jamás fue un Maquiavelo. Fue un presidente ejemplar, que por ser patriota le llamaban impaciente. Su democracia era la democracia de todas las clases. Ricos y pobres. El propio Canalejas era un hombre acomodado. Propuso hacer como propugnaba don Antonio Maura  una revolución desde arriba. Canalejas lo tradujo en dos palabras; “hacer pueblo”.

Un libro necesario

El mérito del autor, Gabriel Elorriaga Fernández,  abogado, periodista, diputado y paisano de don José reside en sacar a la luz, ciento dos años después de su asesinato, la vida y obra de un abogado, periodista y  diputado  como él  para diseccionar su trayectoria vital y política cuando permanecía en el olvido desplazado por otros próceres de su tiempo como CánovasSagasta, Romanones oMaura.

Elorriaga pone de manifiesto que José Canalejas fue un hombre adelantado a su tiempo, con una visión concreta de los problemas que asolaban a la sociedad de cambio de siglo  y con soluciones razonables para modernizar una población rural que estaba asaltando las ciudades y donde la educación y las comunicaciones (carreteras, ferrocarril) se convirtieron en armas para el desarrollo y la igualdad de oportunidades.

El ensayo, de 750 páginas contiene cuatro apartados diferentes que pueden leerse sin orden de continuidad porque tienen entidad por sí mimos.  a) vida y obra, el marco ambiental, el final de la Restauración: concordia y violencia, su concepto de soberanía del Estado, la lealtad a la Corona pese a sus devaneos republicanos, y el liberalismo social. b) Textos parlamentarios de Don José desde las Cortes de 1881-84 hasta sus intervenciones como Jefe de Gobierno de S.M Alfonso XIII y la elaboración de leyes que resultaron decisivas para la modernidad. c) El testamento que redactó personalmente el 2 de diciembre de 2008, con el expreso deseo de legitimar a sus cuatro hijos sin haberse casado con María Pura Fernández –“de la buenísima mujer que será mi esposa”-, dice, es un texto antológico de un político en la cumbre de su carrera. Para un hombre de principios como él, no resultaba fácil vivir amancebado y anuncia en dicho testamento que explicará esa conducta íntima por carta a sus herederos o en sus Memorias. No le dio tiempo. Es un testimonio personal que refleja el alma de un hombre en plenitud. Pero es un documento que revela además que detrás del éxito de un gran hombre público hay siempre una gran mujer (o dos, como en este caso) y que su sentido de la generosidad no tenía límites. Y,  d)  finalmente, se recoge un extracto del libro escrito por su hijo Pepey prologado por Gabriel Mauraconde de Mortera, a la vez hijo de don  Antonio Maura, amigo y contrincante político del propio Canalejas,  donde pasa revista al padre y al político desde el recuerdo del vil asesinato. “Más fuerte que el dolor”, -escribe sobre el magnicidio- “más fuerte que el deseo de venganza fue mi orgullo de ser su hijo”.

Acierta Elorriaga a escribir una biografía muy bien documentada de un estadista español desconocido  y explica el comportamiento ejemplar en su vida pública y privada; acierta a exponer unas ideas que hoy deberían ser debatidas porque muchas pueden ser aprovechables. Los partidos moderados españoles c omo el PP, UPyD, Ciudadanos o Vox tienen un referente  donde anclarse. Supensamiento está más vigente que nunca.

Acierta el escritor a ponerlo en las librerías al cumplirse cien años largos desde su muerte y acierta plenamente al rescatar  del Diario de Sesiones unos textos que son todo un ejemplo de oratoria parlamentaria, talento, valentía y tolerancia. Felicitaciones, pues, al Congreso de los Diputados por editar este libro que debería estudiarse en las escuelas y en las Facultades de Derecho, Políticas, Sociología y Periodismo. Y al autor, por este esfuerzo tan meritorio para ofrecer una visión global, integral y actual del presidente Canalejas. Un libro necesario para entender a un patriota que dio su vida por nuestras libertades y abrió caminos para solucionar problemas que, paradójicamente, un siglo largo después, siguen sin resolverse. Un referente de liberalismo  social que sembró la semilla  del Estado del Bienestar.

¿Llegaría España a enaltecer la memoria de un hijo tan predilecto?, se preguntaba su hijo mayor, casi 20 años después del asesinato.  A la vista del manto de olvido que hemos tejido sobre su memoria, la respuesta es, desgraciadamente,  no. Sus restos descansan en el panteón de Hombres Ilustres, próximo a la estación de Atocha en Madrid. La ambición de este insigne español, nacido en Galicia, era simple: ser digna del amor de los españoles.

 

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