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MUJERES PIONERAS CON VOCACIÓN DE CAMBIAR EL MUNDO

Aurora de Andrés, vicepresidenta de la Agrupación Clara Campoamor, presentando a la autora en una de las conferencias.

Por E. Presmanes

La Agrupación Ateneísta de estudios sobre la mujer Clara Campoamor ha ofrecido esta temporada tres conferencias dedicadas a las mujeres pioneras en el periodismo. A cargo de Esther Pedraza, una periodista con una larga trayectoria en radio y televisión, hemos ido conociendo a estas mujeres, algunas de ellas inexplicablemente olvidadas a pesar de haber marcado un antes y un después en los medios escritos y visuales.

La primera de estas conferencias cuyo título era: Mujeres corresponsales de guerra: Martha Gellhom y Orianna Fallacci, el precio de la libertad, se realizó en marzo de este año. En ella, la periodista rescató del olvido a Marta Gellhom, pionera en el reporterismo de guerra femenino y célebre, tristemente, por su matrimonio con Ernest Heminway. En esta conferencia pudimos conocer cómo su modo de contar los conflictos bélicos, empezando por la Guerra Civil española y siguiendo por la II Guerra Mundial, cambió la crónica periodística. Conocimos como al llegar a Madrid en 1936 recogió el dolor de la sociedad civil y lo envió a los diarios estadounidenses, que quedaron conmocionados con los relatos. En la propia sala del Ateneo los asistentes contuvieron el aliento al escuchar los relatos que esta reportera, primera en informar sobre el desembarco de Normandía, escribió sobre el dolor de la guerra española. Lo que Gellhom aportó al periodismo desde una perspectiva de género indudable, es hoy utilizado por todos los reporteros que abundan en la emoción y lo cotidiano, mucho más que en las estrategias de las batallas. Era hora de que todos supiéramos que este modo de contar la realidad tiene nombre de mujer.

La otra mujer que despertó al público fue Orianna Fallaci, muchos más conocida en cuanto más cercana. Las imágenes de sus crónicas de guerra y el sonido de su voz apasionada e indignada, resonaron en el salón Ciudad de Úbeda encogiendo sus corazones. Orianna Fallaci se familiarizó con la guerra desde niña, participando activamente contra el fascismo. Allí nació su vocación y poco a poco se hizo un hueco en este difícil mundo para las mujeres. Conocimos su angustia en Vietnam, India Pakistán, Oriente Medio y América del Sur. Asistió a todos los conflictos de su época criticando sin piedad a ambos bandos, se especializó en entrevistas incómodas y creó el “método Fallaci”, impartido en las universidades de periodismo. Su confrontación con el Islam, del que previno como conflicto venidero, hizo que terminara sus días puesta en cuestión. El paseo por su vida y por su manera de contar la verdad arrancó grandes aplausos.

La historia de estas dos mujeres dio a pie a reflexionar sobre el papel de la mujer en el periodismo actual. Partiendo de las dificultades propias de principios del siglo XIX para llegar a la conclusión de que el siglo XXI sigue sin darles el papel de igualdad que vienen reclamando.

 

Esther Pedraza, autora de las tres conferencias sobre las mujeres periodistas pioneras

La segunda conferencia de esta trilogía tuvo que esperar al comienzo del nuevo curso, en septiembre. Mujeres periodistas con vocación de cambiar el mundo vino a descubrirnos a Nellie Bly, una americana que revolucionó el periodismo de investigación denunciando hechos que previamente había vivido. Bly comenzó muy joven a escribir sobre lo que le rodeaba, pero sabiendo de lo que hablaba. Se puso a trabajar de asistenta en una casa rica para denunciar la explotación que sufrían esas mujeres; entró en una fábrica para hacer públicas las vejaciones de sus trabajadoras; desde Méjico, lugar a donde la confinaron para que dejara de hablar de EEUU, denunció las violaciones de los derechos humanos que llevaba a cabo el General Trujillo. Sus magníficos relatos y su búsqueda de la verdad, le llevaron a trabajar con Pultizer en “The World”.

Allí realizó su hazaña más notable al internarse en un psiquiátrico haciéndose pasar por demente y sin saber cómo iba a poder salir. Nellie Bly inventaba así el periodismo encubierto o de investigación, tiempo después tan usual. Sus crónicas acerca de las condiciones de vida de las internas hicieron que la Administración dedicara más recursos a paliar esas diferencias. Pero lo que la convirtió en una mujer tremendamente popular fue su decisión de comprobar personalmente que la vuelta al mundo en 80 días, novela publicada por Julio Verne, era posible. No sólo lo logró, sino que restó al viaje algo más de 8 días. Bly tuvo tiempo, antes de morir, de cubrir la primera Guerra Mundial y dejó tras de sí una estela de lucha por el sufragio femenino, la igualdad entre hombres y mujeres y la mejora de las condiciones laborales de los seres humanos en todo el mundo.

La otra mujer que esta conferencia rescató del olvido y la ignominia fue Gerda Taro, la primera fotoperiodista que murió en un frente de guerra. La fotógrafa apenas fue reconocida y permaneció oscurecida por la figura de su pareja, Robert Capa, un nombre ficticio, una marca, que ella misma creó para vender sus imágenes.

Gerda Taro conoció a Endré, un fotógrafo hábil técnicamente, pero como tantos. El la enseñó a tirar fotos y ella creó un personaje ficticio para venderlas. Taro fue la ideóloga y Endré, Robert Capa, el que se llevó las medallas. Algo que veremos muchas veces en la historia de mujeres excepcionales.

Con Robert Capa se vino a la guerra española para divulgar la verdad y cambiar la historia. Gerda Taro arrebató al hombre su papel visual de la historia y se quitó de encima el polvo de mujer observada para ser mujer vigilante. No quiso ser paisaje. Y sus fotografías buscaban a los niños, las mujeres, los hospitales, las trincheras… Sus imágenes de la población en huida son testimonio del nacimiento gráfico del refugiado moderno.

Se habló de los orígenes del fotoperiodismo moderno, de los cambios tecnológicos que ayudaron a tomar esas imágenes. Taro y su cámara Leica podían llegar a los lugares más inaccesibles. Nuestra contienda marcó un punto de inflexión en la era de la comunicación visual y ella lo aprovechó.

Gerda Taro desdeñó la objetividad y marcó un nuevo camino para el periodismo de guerra, buscando la emoción y no tanto una técnica impecable. Manifestó su posición política en cada clic, quiso contar la verdad de las víctimas, la verdad que dolía y no dudó a la hora de mostrar imágenes duras o crueles.

La figura de la mujer ensalza a la miliciana, la intelectual, la comprometida. Y aunque esa no era la realidad de la amplia mayoría de mujeres españolas del 36, Taro apuesta por enviar al mundo un modelo de mujer que actúa en igualdad.

La fotografía mas famosa de Robert Capa, la muerte de un miliciano, sigue estando en cuestión. La pareja vendía sus imágenes con la misma firma, por lo que es imposible saber quién tiró esa fotografía que se convirtió en un símbolo de la barbarie de la guerra. Por primera vez se mostraba el instante de la muerte de un hombre, y aunque hay quien la tacha de montaje, sigue siendo un referente. Se publicó en Life y dio la vuelta al mundo.

Que el mérito se lo llevara el hombre, cuando ambos estaban en ese momento disparando sus cámaras, le disgustó al punto que empezó a firmar sus imágenes como “photo Taro”. El descubrimiento en Méjico de una maleta con miles de negativos, y su posterior estudio, inclinan a pensar que la famosa foto de muerte de un miliciano fue tomada por ella.

Murió un 26 de julio de 1937, en la Batalla de Brunete, a los 26 años, mientras fotografiaba la realidad más cruda para concienciar al mundo de lo que pasaba en España. Taro era consciente de que se avecinaban tiempos convulsos: había huído de su país, Alemania, ante el crecimiento del nazismo. Era judía y murió sin saber que Europa viviría la peor guerra de su historia, pero dejó un legado al fotoperiodismo moderno que aún no ha sido reconocido.

El 6 de octubre se cerró la trilogía con “Mujeres periodistas españolas que rompieron las reglas”, con un repaso a la vida y obra de Carmen de Burgos (1867, Almería) y María Luz Morales (1889, La Coruña)

Carmen de Burgos (Colombine en sus artículos) ostenta el honor de ser la primera corresponsal de guerra de la historia de España y de ser la primera mujer que trabajó en una redacción, con un sueldo, y un estatus de periodista. Sus trabajos se publicaron en  El Universal’, ‘El Globo’, ‘La Correspondencia de España’, El ‘Heraldo de Madrid’ y ‘ABC’. Y toda su trayectoria periodística se sustenta en tres pilares de lucha para la igualdad: la emancipación femenina, el derecho al voto y el divorcio. También fue una ferviente defensora de la paz y escribió un centenar de libros.

Conocimos sus comienzos, su difícil historia personal, su matrimonio fallido, sus hijos muertos y su determinación por ser una mujer libre. Dejó su ciudad y se vino a Madrid para hacerse un nombre en el periodismo.

Pero lo que empieza a desarrollarse en ella cuando observa tanta desigualdad es su preocupación por los grupos sociales menos favorecidos.

Esta necesidad de cambiar las cosas, la lleva a luchar por los derechos de las mujeres y de los niños, mostrando su frontal oposición a la pena de muerte y movilizándose para que se instaure el divorcio y el sufragio universal.

Trabajando ya en “El universal” inicia una campaña a favor del divorcio que le hizo muy popular y le canjeó la enemistad de los sectores católicos más rancios.

la conferencia estuvo salpicada por la lectura de muchos de los artículos escritos por ella y otros intelectuales del momento (Azorín, Pio Baroja, Pardo Bazán), algo que el público acogió con entusiasmo.

Colombine viajó mucho por Europa y allí se gestó su lucha a favor de la igualdad de la mujer. El sufragio universal fue otro de sus caballos de batalla. Pero sus gritos por la libertad no gustaban, por lo que fue “exiliada” a Toledo para acallarlos. No lo consiguieron, desde allí siguió impartiendo conferencias y peleando por la igualdad.

La relación de esta luchadora con Ramón Gómez de la Serna también fue analizada. Carmen de Burgos puso en práctica el amor libre entre un hombre y una mujer, algo escandaloso para la época. La traición de su amante con su hija, por la que se había desvivido siempre, fue un golpe del que nunca pudo recuperarse.

Antes de eso Colombine quiso vivir de primera mano el desastre de “Barranco de Lobo” en el Rif en 1909, cuando soldados españoles caían a cientos en Melilla. Sus crónicas en El Heraldo fueron un alegato contra esa masacre y un servicio público, ya que pudo informar a las familias de la situación de sus hijos. A su vuelta a Madrid publicó “Guerra a la Guerra”, considerando estas contiendas como una suprema barbarie humana y siendo pionera en la objeción de conciencia al defender el derecho de todo ser humano a negarse a matar.

Colombine era una corresponsal que escribía desde la emoción, por eso sus crónicas llegaban a la gente.

Con la llegada de la República Colombine mostró una actividad frenética que su corazón no soportaba. Alzó la voz contra la pena de muerte, contra la prostitución y de nuevo a favor del divorcio y del sufragio universal, enfrentándose a otras feministas que no veían el momento adecuado al no estar las mujeres preparadas para decidir libremente. Ella rescató las palabras de Lerroux: “aunque dicho peligro existiera, no debíamos oponernos a la libertad en nombre de la libertad».

Carmen de Burgos fundó la logia Amor y le otorgaron el grado de máxima autoridad, Gran Maestre, después de casi 20 años de excelente relación con esta organización donde se hermanaban los grandes intelectuales de la época. Creó “la tertulia modenista” que se desarrollaba en su casa, con el objetivo de que las mujeres no fueran meros objetos decorativos” y fue una adelantada a su tiempo.

La tarde del sábado 8 de octubre de 1932 la escritora acudió a la sede del Círculo Radical Socialista para participar en una mesa redonda sobre educación sexual. Quería acabar con esa imagen pecaminosa que los clérigos daban al amor dentro de la alcoba. Pero, de pronto, empezó a sentirse mal. Gregorio Marañón, su amigo, la asistió en sus últimos momentos.  Su frase “muero contenta porque muero republicana”, da una idea de su carácter. Desgraciadamente no pudo vivir lo que tanto habría querido: que el 19 de noviembre de 1933 las mujeres votaron por primera vez en España.

Hoy Colombine es una metáfora de la libertad, de la igualdad, de la justicia y sus libros recogen esa lucha enconada de una mujer en un mundo de hombres que nunca se amilanó.

María Luz Morales cerró el espacio a mujeres periodistas pioneras. Nacida en 1889 en La Coruña fue la primera mujer española en dirigir un periódico en papel de tirada nacional, La Vanguardia, un hito que no ha vuelto a repetirse ochenta y un años después.

Triunfó como autora teatral y fue precursora de la información cinematográfica en nuestro país. Frecuentó el Ateneo, hablaba seis idiomas y comenzó su carrera periodística en una revista de mujeres, “el hogar y la moda”, precursora de la revista “lecturas”.

Colaboró con “El Sol” y entró a trabajar en “La Vanguardia” en 1923. Era la única mujer de la redacción. Se hizo cargo de la crítica cinematográfica, no muy entendida ni extendida entonces, por lo que utilizó un seudónimo. Sus magníficos trabajos hicieron que la Paramount Chanel la contratara.

Posteriormente es la encargada de la crítica teatral y ahí si firma ya con su nombre. Morales no estaba especialmente significada políticamente, a pesar de que buscaba abordar la temática femenina desde ángulos novedosos para la época. Por ejemplo, uno de sus primeros artículos en La Vanguardia abordaba la espinosa cuestión de la falsa elección que las mujeres tenían que hacer entre “empleo y marido”, Se preguntaba por qué había que elegir y si no era tiempo ya de sumar en lugar de restar.

En 1933 elucubraba sobre cuál sería el sentido del voto femenino en las inminentes elecciones, las primeras en las que las mujeres pudieron participar. Huía de los ismos, ni feminismo ni machismo, era más partidaria de unir, de mirar a las personas como personas, y no como género. Pero basta con repasar su trayectoria para constatar que, quizás sin saberlo, ejerció como feminista, aunque nunca quisiera ser militante.

María Luz era guapa, inteligente, culta y tenía un encanto personal, por eso fue elegida por sus compañeros para llevar a cabo una hazaña aún no superada.

En agosto del 36 Barcelona era un polvorín. Tras el golpe de Estado la Vanguardia quedó en manos de un comité obrero cuando su director, Agustí Calvet, huyó al exilio. Representantes de ese comité se dirigieron a la casa de Morales para pedirle (más bien, exigirle) que se pusiera al frente del periódico. Era la única mujer de la redacción y, para todos esos hombres, era la única persona capaz de sacar la cabecera adelante. María Luz aceptó advirtiendo que sería sólo provisiona y que no haría política, sólo periodismo. Así se convirtió en la primera mujer en dirigir unperiódico importante en España.

No le sirvió de nada su no incursión en política. Tras la victoria franquista todos los redactores de La Vanguardia fueron cesados. Se les retiró el pasaporte y se les prohibió colaborar en la prensa, retirándoles también su carnet de periodistas.

A principios de 1940, María Luz se vio denunciada por haber sido directora de La Vanguardia durante el «período rojo» y encarcelada en un convento de monjas de la carretera de Sarriá. Fue un período cruel del que ella se negó a hablar públicamente, así como a contar las atrocidades que presenció.

Mujer muy discreta, sólo conocemos su faceta profesional. Nunca dejó de escribir, porque decía que lo necesitaba como el respirar, pero tuvo que hacerlo bajo nombres ficticios. En 1960, la Asociación de la Prensa de Barcelona la readmitiría como socia después de haberla expulsado en 1939.

Desde 1948 trabajó en Diario de Barcelona haciendo críticas teatrales. En ese periódico seguiría escribiendo toda su vida, mientras continuaba con su labor literaria. Su ingente labor es premiada dentro y fuera de España, (el gobierno francés le otorga en 1956 las Palmas Académicas), y recibe, entre otros, el Premio Nacional de Teatro por sus críticas en Diario de Barcelona y el lazo de Isabel la Católica en 1971. Ese mismo año recibe el premio de periodismo Eugenio Dors un premio que la emocionó porque venía de los compañeros, y porque recibió ella como mujer por primera vez en la historia.

Morales murió con 91 años, el 22 de septiembre de 1980. Logró, además, que el periodismo cultural fuera en sí mismo un género literario y nos dejó multitud de artículos, verdaderas joyas, que dejaban bien claro que la capacidad de la mujer para desempeñar cualquier papel no era una quimera.

Las dos mujeres fueron defenestradas tras la Guerra Civil Española. Reivindicar su memoria y la de tantas ha sido una constante de la Agrupación ateneísta Clara Campoamor, a quien Esther Pedraza agradeció la posibilidad de conocerlas en profundidad, lamentando que en sus cinco años de estudios universitarios en la facultad de periodismo la mayoría de ellas no fueran ni mencionadas.

María Luz Morales sirvió de ejemplo para reflexionar, al final de la conferencia, acerca de si la igualdad entre hombres y mujeres en el oficio de periodista no era una mentira más. Los datos expuestos por el Informe anual de la profesión son tozudos:  sólo un 21% de mujeres participa en los consejos de administración de los grandes medios españoles. A pesar de que las mujeres son mayoría, ni en salario ni en puestos ocupan el lugar que esa mayoría debería arrastrar.

De los comentarios de los asistentes se concluyó que, efectivamente, aún tenemos que seguir peleando para que el oficio del periodismo no mantenga diferencias de género.

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