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Categorized | Sociedad Civil

SÍ A LA MUJER SACERDOTE

sacerdotisa

Por Antonio Aradillas

Las razones por las que nos parece de urgente y ejemplar necesidad el planteamiento del tema de la mujer sacerdote, son muchas y de variados colores y aspectos, antes y después de dejar bien sentado que en ello no se compromete ningún dogma de la Iglesia y cuya disciplina canónica, por definición, ha de acomodarse al servicio del Pueblo de Dios. Adelantarse a los acontecimientos es precisamente misión de la Iglesia y de los eclesiásticos. Tiene sus riesgos, si bien todos ellos gloriosos, cuando son alentados por la fe y la esperanza.

A quienes –católico/cas- estén sensibilizados con el tema de la situación canónica de la mujer mantenida hoy por la Iglesia, negándole la posibilidad de ser y ejercer de sacerdotes, les ofrecemos la santa ocasión de expresar su criterio. Nuestras razones a favor de la mujer sacerdote, ya y cuanto antes, son, entre otras, las siguientes:

– Para muchos, católicos o no, la negativa al sacerdocio femenino constituye una discriminación de la mujer, hoy proscrita en todos los códigos civilizados, restos ancestrales de teologías caducas y de interpretaciones bíblicas inconsistentes, a la sombra de reglas pseudo- religiosas, en las que la mujer, por mujer, no pasaba de ser sierva- esclava del hombre, “pecado” y objeto de pecado, e impura por su propia condición y naturaleza.

– Resulta impensable, y además ofensivo para el colectivo femenino, que a estas alturas de la civilización, de la cultura y del culto, la mujer siga estando desterrada de toda responsabilidad individual en la institución eclesiástica, y más en su organigrama directivo. Será – y es- el hombre -“vir”- y además “jerárquico”, quien dicte y exija el cumplimiento de normas ético-morales, desde la infinita y sacrosanta intimidad matrimonial, a los actos litúrgicos. La participación de la mujer en todas estas esferas es nula o apócrifa, limitándose a pronunciar su “Amén”, aunque chirríen los goznes de su psicología, sobre la que siempre habrán de prevalecer los criterios machistas, por muy canónicos que sean.

– En tiempos tan infelices como los actuales, en los que la carencia de vocaciones sacerdotales –de varones- es tan acusada, el sacerdocio femenino podría contribuir a paliar el problema. Quede, no obstante, explícita constancia de que, por encima de esta situación contingente, habrá de prevalecer la idea de que a la mujer, por mujer, que se sienta vocacionada para el ejercicio ministerial, jamás les debieran cerrar las puertas para conseguirlo. El acceso a estudios teológicos, con toda su meritoria graduación universitaria por parte de la mujer, prepara ya el camino con toda justicia, sensatez y evangelio a los tiempos futuros, que debieron ser ya presentes, y hasta con anuencias y bendiciones apostólicas.

– Extraña y escandaliza a propios y a extraños que la mujer haya irrumpido ya en actividades, cargos, responsabilidades, funciones, empleos y oficios, con inclusión de los más altos niveles, y que en relación con la Iglesia permanezca servilmente impertérrita, ejerciendo tradicionales tareas “femeninas” de limpiadora doméstica al servicio del clero. De tal condición no quedan exentas las monjas, aunque la formación teológica de algunas rebase con creces la de no pocos clérigos.

– Es hora ya de que la reconocida fama de “machista” que sociológicamente se le asigna a la Iglesia también en ambientes a- religiosos, “pase a mejor vida”, recayendo sobre ella los definitivos “requiescant in pace” de quienes, pese a todo, la veneran y aprecian. La condición de “nuestra”, de “santa” y de “madre” aplicada a la Iglesia sería más reluciente si las mujeres fueran ya sacerdotes.

– Tal y como están hoy los tiempos –también los eclesiales-, es hasta fácil predecir que las mujeres sacerdotes serán pronto posibles en la Iglesia, limitándose nuestro esfuerzo a contribuir a que se acrecienten los ritmos, con el fin de ganar credibilidad y subsanar cuanto antes errores y comportamientos impropios hoy del Pueblo de Dios y que a muchos/as les hacen perder la fe. Es significativa y generosa la respuesta que en la Iglesia anglicana se le prestó ya a la mujer sacerdote.

 

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