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PABLO VI NO FUE “FRANQUISTA”

Pablo VI.

Por Antonio Aradillas

Constatado y documentado está el hecho de que, más que manifiestamente mejorables fueron las relaciones habidas entre el “Romano Pontífice Pablo VI, obispo de Roma –“Siervo de los siervos de Dios”-, y el “Generalísimo Francisco Franco, “Caudillo de España por la gracia de Dios”.  Las pruebas son tantas, como las explicaciones aportadas por una y otra parte.

La gravedad de situación tan prolongada puede evaluarse y resumirse con aproximada exactitud  en el dato de que el protagonista, -don Francisco Franco-, ejecutor y mantenedor  del Nacional Catolicismo imperante, llegara a estar a punto en cierta ocasión  de ser excomulgado, de no haber sido revocada la orden de expulsión  de España del entonces obispo de Bilbao, Mons. Antonio Añoveros, por considerarlo  el Régimen como enemigo y “persona non grata”. Precisamente un Régimen que alcanzara la “categoría religiosa” de “cruzada”, gracias sobre todo a la  declaración contenida  en la “Carta Colectiva”, firmada por todos los miembros del episcopado,  con excepción de tan solo tres de los mismos.

Aún con el paso de los años,  resulta inimaginable la importancia  especial que le hubiera significado al Régimen “franquista” ante el resto del mundo civilizadamente católico, la descalificación y condena  por parte de quienes le habían conferido  la condición “religiosa” y casi “canónica”, modelo y ejemplo de gobierno en las siempre difíciles relaciones de los poderes Iglesia-Estado, y más cuando los sistemas democráticos  habrían de enfrentarse con el “teocrático”  de toda la vida, siempre reducido al clericalismo  de tiaras, mitras  y báculos, en la pluralidad de grados, estamentos y funciones.

Las relaciones entre Pablo VI, -su Régimen y la Iglesia de ambos-, fueron –tuvieron que ser-, por tanto, tremendamente difíciles. Los tiempos eclesiales estaban cambiando, celebrado el Concilio Vaticano II, y una de las más expresivas pruebas de ello  la proporcionó la convocatoria de la conocida como “Asamblea Conjunta”  -obispos y sacerdotes-  con tímida participación de laicos y laicas,  procedentes en su mayoría de la Acción Católica de entonces, aunque ya en vísperas de su desaparición, a instancias de las  autoridades políticas, como no podía ser de otra manera.

Precisamente en aquellas circunstancias y situaciones, la conveniencia de la firma de un nuevo Concordato  le hubiera significado, lo mismo al Gobierno como a una  buena parte del episcopado español, conservador y anti-vaticano II, por naturaleza, vocación y nombramiento “franquista”, las santas bendiciones y el reconocimiento fugaz de una imposible renovación democrática,  que parecía percibirse  en los últimos años, gracias sobre todo a las leyes nuevas, audaces  y “atrevidas”, como la de la Prensa,  auspiciada por don  Manuel Fraga Iribarne.

Muchos y significativos  fueron los episodios vividos por no pocos miembros del episcopologio, redimido por el Vaticano II, y el resto, es decir, casi todos los demás, cuidadosamente seleccionados y nombrados  a dedo por el Régimen , como los mejores –únicos- representantes  de la Iglesia ante el papa, disconforme este con los mismos, pero atrapado a la vez  por las ligaduras de los artículos del Concordato, con reseña para los privilegios del clero, sus asignaciones “oficiales” y el “¡ordeno y mando¡” de las mitras, báculos y anillos “pastorales” no solo “en el nombre de Dios” y al servicio del pueblo, sino a los de sus representantes civiles – léase Franco  y el “franquismo”-, cuya autoridad se rubricada también  “por la gracia de Dios”

Desde perspectivas actuales, Pablo VI pudo y debió haber contribuido  con mayor eficacia y presteza al cambio de Gobierno en España. La Iglesia seguía siendo casi-todopoderosa, a consecuencia de su efectividad en la orientación de los votos de sus fieles electores, en la dirección que hubieran estimado sus clérigos,  continuadores del “franquismo”. Los obispos –“¡palabra de Dios!”-  seguían siendo, y actuando, también como “palabras del Régimen”. Curas, canónigos y obispos no solo mandaban, en sus parroquias, curias y palacios sino en las alcaldías e instituciones civiles, tanto o más que  quienes estaban al frente de estas.

Pero a Pablo VI –“es y no es”-, lo definieron siempre las dudas. Ya siendo cardenal Montini, el mismo Juan XXIII, a quien habría de suceder en el “trono pontificio”, se refirió repetidamente a él como “duda hamletiana”,  teniendo en cuenta  al personaje  de la tragedia de William Shakespeare, de idéntico nombre.  “La duda del sabio, y el sabio de las dudas” son otros tantos titulares que definieron  de por vida a Pablo VI, devoto de la conjugación de los verbos y comportamientos a ellos inherentes de “oscilar, titubear, ser y mostrarse indeciso, no confiar en su propia sabiduría  y consultar”.

 Los historiadores aducen como ejemplo de tal comportamiento, con sus correspondientes vicios y virtudes que llevan a la santidad, su actitud ante el celibato obligatorio  de los sacerdotes. Convencido de no ser este esencial para el ejercicio sacerdotal, y facilitando larga y generosamente su reducción al estado labial de unos cien mil clérigos y religiosos, jamás decidió su reconversión en optativo, y que como tal se incluyera en el Código de Derecho Canónico. Posteriormente Juan Pablo II expresó la idea, con estas palabras: “Presiento que sucederá,  pero que yo no lo vea…” 

Las dudas hacen también y, sobre todo, santos a los santos. A unos se les notan en mayor proporción que a otros. Los tiempos eclesiales y eclesiásticos de Pablo VI, continuador del Vaticano II, y en vísperas de que, transcurridos brevemente los misteriosos treinta y tres días de su sucesor Juan Pablo I, fueron vividos por su sucesor Juan Pablo II,  explican el mar de  dudas por las que hubo de navegar Pablo VI,  hombre de Dios, nada amigo del Régimen – “cruzada” de España y de la acentuada clericalización de sus máximos representantes,  que todavía pretenden hacer perdurable algunos, con o sin birretas, pero todos ellos con  mitras. 

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