Por María José López de Arenosa
El pasado 10 de diciembre, el profesor Norman Daniels, de la Escuela de Salud Pública de Harvard, impartió una conferencia en la Fundación Rafael del Pino titulada: “Equidad intergeneracional: los retos de una sociedad envejecida”.
El profesor Daniels, con ayuda de unas diapositivas en powerpoint, mostró las preocupantes estadísticas demográficas, especialmente para los países desarrollados, en los que el número de ancianos no deja de aumentar, mientras que los nacimientos se reducen. Ello representa un problema de salud pública de primer orden, con los andadores sustituyendo a los cochecitos de bebés y las enfermedades crónicas superando a las infecciosas. En China, como consecuencia de su política demográfica de un solo hijo, el futuro es sombrío. Precisamente, la revista TIME se había hecho eco justo la semana anterior con su reportaje de portada, ¿Por qué China necesita más niños?
Grupos de edad y coetáneos: estereotipos y desigualdades
Es importante señalar que el profesor Daniels distingue entre grupos de edad y coetáneos. El grupo de edad (el de personas de 65 años, por ejemplo) se renueva constantemente, al ser una sucesión de individuos que alcanzan esa edad. Por su parte, los coetáneos que integran un grupo de edad nunca son los mismos, al estar éste definido por el año de nacimiento de sus miembros. Esta distinción es importante, en su opinión, a la hora de hacer políticas justas.
En base a lo anterior, hablar de personas de 65 años de manera generalizada, o de cualquier otro grupo de edad, es caer en estereotipos y desigualdades, pues no son comparables las circunstancias y cifras de los nacidos en 1937, todavía en la Gran Depresión, con las de los nacidos en 1955, en pleno baby boom. En su opinión, la igualdad basada en grupos de edad sin tener en cuenta las necesidades específicas de los individuos según su año de nacimiento, es injusta y perjudica a la sostenibilidad del sistema sanitario.
En cambio, la discriminación por edad sería beneficiosa al contemplar las necesidades específicas de los coetáneos; es decir, las circunstancias concretas de cada generación independientemente del grupo de edad al que pertenezcan en cada momento de su vida. La discriminación por edad no es comparable, dice, con la discriminación por género o raza, ya que todos envejecemos (o aspiramos a hacerlo) mientras que no cambiamos de sexo (salvo excepciones), ni de grupo étnico. Discriminar por edad implica que sean los jóvenes quienes más contribuyan para el sostenimiento del sistema de salud pública. Si bien son quienes menos lo utilizan y más pagarían, serán también beneficiarios en el futuro (siempre y cuando vivan para ello).
No obstante, la jubilación obligatoria supone una discriminación por edad que, además de generar estereotipos, choca con los Derechos Civiles; lo que ha llevado en Estados Unidos a su abolición en muchos ámbitos, como el académico y empieza a plantearse también en Europa. El tema es espinoso, al margen de las circunstancias o preferencias individuales; no sólo porque el mercado laboral necesita renovarse con trabajadores jóvenes (que queremos que paguen por los servicios para los mayores), sino por el riesgo de una presión para evitar que el trabajador ejerza su derecho a la jubilación.
Apoyo a la natalidad
Llegado el turno de preguntas para el público asistente, el presidente de la Fundación Renacimiento Demográfico, Alejandro Macarrón, planteó la posibilidad de incentivos para aquellas familias que hayan tenido más hijos, lo que les ha supuesto una merma en su capacidad de ahorro para la jubilación. Respuesta del profesor Daniels: los hijos son una opción personal y la sociedad no tiene por qué apoyar a quienes hayan decidido tener más.
Pedí el uso de la palabra para señalar que en toda su presentación el profesor Daniels no había hecho una sola mención a la mujer que es, a fin de cuentas, quien trae a los niños al mundo y, en la mayoría de los casos, quien los cría. Si queremos mejorar las cifras de natalidad, habrá que pensar en los problemas de las mujeres. Pero el profesor insistió en que tener hijos es una decisión individual y que para cuidarlos están las guarderías, igual que para cuidar a los ancianos, dijo, están las residencias y no tendrían que ser los hijos (a menudo las hijas) quienes lo hagan.
Resulta decepcionante que desde su torre de marfil académica, una personalidad reconocida internacionalmente ignore las situaciones reales de las familias. Los niños no los trae la cigüeña desde París. Detrás de las estadísticas hay mujeres que necesitan soluciones para equilibrar su maternidad con sus ambiciones profesionales y sus necesidades económicas. La realidad, que el ínclito profesor parece ignorar, es que no es lo mismo cuidar a un niño, algo que, efectivamente, una guardería o una niñera puede hacer (previo pago por sus servicios), que criarlo. Esto último, criar a un niño, como dice el proverbio africano, requiere el apoyo de toda la tribu, además de la dedicación de sus padres.
Por mucha guardería que tengan, los niños normales tienen la mala costumbre de enfermarse. Más tarde van al colegio, tienen tareas y deben jugar y relacionarse con la familia y los amigos. Para colmo todos necesitan cariño y atención (algo que ni se paga ni se compra). Pero, a lo mejor en Harvard la especie humana está más evolucionada que en esta piel de toro nuestra y allí los niños van solos al pediatra y no necesitan que nadie vigile su fiebre por la noche.
En cualquier caso, como estamos en España y tenemos un problema demográfico, tomemos nota de la alarmante tendencia e intentemos buscar soluciones. Aunque el profesor Daniels, tal vez por su edad, se centre en asegurar los servicios médicos de los mayores, el futuro de éstos será incierto si no hay suficientes jóvenes que los paguen.
Sin descuidar el tejado, habrá que dar prioridad a los cimientos que sostienen el edificio poblacional para evitar que se hunda.