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El NUNCIO, LOS OBISPOS Y EL PAPA FRANCISCO

Fuente: Infovaticana.com

Fuente: Infovaticana.com

Por Antonio Aradillas

Teológica y pastoralmente es bueno y edificante reflexionar acerca de los obispos en los tiempos recios en los que se encuentran, y nos encontramos, siempre en vísperas inminentes de que, por fin, las cuadernas de la nave de Pedro de la Iglesia, en cuya reforma está comprometido el Papa Francisco, no sufran ni quebrantos, ni aplazamientos indebidos. Los obispos son espejos, sujetos y objetos de toda reforma eclesial, y sin su entrega, dedicación y colaboración, ella sería inviable.

El sistema del nombramiento de los obispos vigente hoy en España lleva consigo, y explica necesariamente que este colectivo resulte en gran proporción anodino, soso e ineficaz, entre tantos otros de carácter civil o profesional que conforman y confirman la vida ciudadana, pese a la actividad y presencia de la gracia de Dios. Es inconcebible que a estas alturas de la civilización, del progreso y de la cultura cívico- religiosa, la participación del pueblo –“pueblo de Dios”- no se haga presente y actúe con procedimientos democráticos, y aún más, se pretenda justificar tal ausencia con falaces argumentos doctrinales.

Los Nuncios de SS. han sido, y siguen siendo, en España, padres, protectores y fautores de su episcopologio, con la ayuda y complicidad decisiva de sus asesores, cuya ideología y sentido de Iglesia reclaman ser examinadas a la luz de los evangelios, con su consecuente revisión y arrepentimientos penitenciales, por muy religiosos y teólogos que los crean y se crean.

Los Nuncios, además de la alta y misteriosa responsabilidad de los nombramientos episcopales, podrían haber aprendido ya a pronunciar los discursos de rigor en las ceremonias de la consagración en las catedrales, con esquemas y adoctrinamientos distintos unos de otros. Se limitan a decir siempre lo mismo y además, leyéndolos. El rito y la diplomacia son sus soberanos vectores. Por si algo le faltara al actual, lee las cuartillas- que no los folios-, mojándose el dedo en su saliva, antes de pasar la página, con olvido de que precisamente valiéndose de tal procedimiento fueron “religiosamente” envenenados algunos de sus predecesores en similares funciones litúrgicas.

El episcopado, tal y como es concebido, deseado y practicado por muchos, es meta, culmen y coronación de la “carrera eclesiástica”, dado que ésta, cuando no fue realmente un  ministerio”, es una profesión, oficio o prebenda, con sus dignidades, solios, mitras, báculos y emolumentos. Esto explica que el tema de las promociones y ascensos a diócesis de mayor categoría administrativa, sea tanto, o más recurrente que en otras “carreras”, con inclusión de las militares.

A las “funciones” litúrgicas “pontificales” presididas por ellos, les sobran signos, gestos y ceremonias para que los “fieles” sean educados en el evangelio, con conciencia de haber participado en actos de culto a la divinidad, y concretamente al Dios encarnado en la persona de Cristo Jesús.

En el recuento de estas ceremonias y ritos destacan los besos y abrazos de paz y de común unión episcopales, que carecen absolutamente de contenido y sentido familiar y amistoso y que rezuman hipocresía, y más si fueron y son ejecutados en rigurosa coincidencia con las normas dictadas en los manuales, y a cargo del “maestro de ceremonias”. “Dios es como un abrazo”, frase recientemente pronunciada por un obispo que ascendía a otra diócesis de más categoría, les pareció a muchos de sus ex diocesanos, una intemperancia.

Las palabras episcopales de saludos, y en su caso, de despedida, ni saben ni pueden besar ni abrazar, por mucho que medie la sagrada liturgia. Son irremediables modelos de falsedad y artificio. Pocos datos pueden aportarse de obispos que decidieron prescindir de tales “ascensos”, escudándolos todos ellos en que “tal fue y es la voluntad del Señor en beneficio de la Iglesia”.

Si para el nombramiento de los obispos, y para la permanencia en su ministerio pastoral, se les consultara a los sacerdotes y al pueblo de Dios en general, y sus respuestas fueran a la vez interpretadas como otras tantas “palabras de Dios” ¿Cuántos seguirían en sus sedes y cuantos serían removidos de ellas, para ejercer su ministerio en otras, o para su jubilación anticipada?

El rigor ético-moral en la comparación diócesis- esposa, de sus respectivos obispos, precisa urgente revisión y reforma, aprobada y establecida la ley de divorcio civil, y sin “anulación”- nulidad de los matrimonios canónicos. La formulación religiosa y el evangelio reclaman más seriedad en los símbolos –anillos- y en su aplicación catequística.

El ministerio episcopal, y su título, fueron, y son, concedidos como otros tantos pretextos y motivos personales para premiar comportamientos y favores ajenos, o al margen, de la actividad pastoral, lo que constituye una ligereza y futilidad, aunque se intente hacer intervenir en el nombramiento al mismo Espíritu Santo…

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